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lunes, 5 de septiembre de 2011

Sueño cleptobibliofílico de unas noches de veraneo

Sueño cleptobibliofílico de unas noches de veraneo

Este año vuelvo a un pequeño pueblo de la costa catalana en el que no hay ni librerías ni tiendas de antigüedades en kilómetros a la redonda, sólo playa, helado con café y cochecitos para niños a euro el minuto.
Así que fue una sorpresa llegar al hotel y encuentriarme un pergamino reusado como pantalla de una lámpara.
Ese brillante objeto del deseo:
¿A qué mente enferma se le ocurriría hacer una cosa así? ¿A quién se le ocurriría comprarla?
Durante toda la semana prefería usar el pasillo que me acercaba a la lampara manuscrita, y me dedicaba a intentar ver si había alguna pista del estilo y procedencia del manuscrito.
No tengo mucha idea de manuscritos, pero creo que puede ser del XVIII, ¿algún paleógrafo en la sala?
Además me dio por planear el robo perfecto, para llevarme la lámpara, no sólo por ni afición coleccionista/rapiñadora (que también), sino por devolverle la dignidad que le habían quitado con algo tan utilitario (así me justificaba).
El salón estaba poco transitado, sólo algún niño conectándose a Tuenti con el wifi del hotel, y las carreras de motos del domingo, nadie por las noches. La lampara sólo estaba sujeta mediante una bombilla. La cámara de seguridad con leds infrarrojos cubría la entrada y la salida, pero no un ascensor, podía llevármelo por el ascensor hasta el primer piso, bajar por las escaleras y dejarlo en el maletero sin quedar registrado (insertar aquí risa maligna).
En mi fantasía establecí hasta fecha y hora para mi robo imaginario: la última noche, cuando sólo queda en el hotel el conserje de guardia.
Pero el robo perfecto habría hecho tantas aguas como Atraco a las tres.
El día D a la hora H estaba el salón lleno de gente viendo el partido de vuelta de la supercopa, mi nula afición balompédica tiene la culpa de la planificación coincidente.
Además ni hijo se puso a vomitar y mi relación con el conserje nocturno pasó de intentar evitarlo a solicitarle información sobre hospitales y farmacias de guardia, y que me abriera la puerta.
Así que si quiero un pergamino manuscrito me lo compraré y dejaremos los robos para el ladrón del Calixtino que sí que parece un profesional.

miércoles, 13 de julio de 2011

Uno de los nuestros

Ask me about my book

imagen sacada de aquí

¿Dónde está el Codex Calixtinus?

En la biliofilioblogosfera se ha producido un silencio ensordecedor.

Tan sólo un aviso de El bibliómano y una confesión, que aunque sea de un religioso no parece muy sincera.

El ladrón es uno de los nuestros, este el el motivo de nuestro silencio.

El robo para venta está descartado, la hipótesis que usa la policía es que lo ha robado un bibliófilo, directamente o encargándolo.

Si no estás al corriente de los hechos Juan Gómez-Jurado lo cuenta de forma novelada.

En las películas de juicios el fiscal siempre busca sospechosos que tengan móvil y oportunidad.

Todos los habituales de estos blogs tenemos móvil (y no me refiero a un Nokia).

Lo que tendría que hacer la policía es interrogar a los mantenedores y lectores de estos blogs, a los que visitan librerías de viejo y ferias de libro antiguo, los que cuando piensan en París piensan en los Bouquinistes y no en una torre de hierro.

No haría falta interrogarles, solo hacerles jurar sobre una Biblia de 42 líneas o un Hypnerotomachia Poliphili que él no lo ha cogido y no lo tiene en el centro de su biblioteca, rodeado de incunables, iluminado tenuemente por una luz indirecta, en el lugar exacto al que va la vista cuando pasas de página y que no le provoca una sonrisa imperceptible.

Yo interrogaría primero al Bibliófilo incorrecto, por incorrecto y al Bibliófilo enmascarado (en los cómics y películas los ladrones siembre iban enmascarados), sin olvidarme de la Biblioteca fantasma que describe algún episodio de robo de libros y además ¡son fantasmas!

No hay que fiarse de la gente de orden Diego Mallén, Apolonio de Rodas o Urzai que un desliz lo tiene cualquiera.

Ni de los aprendices, que aprenden rápido.

Ni de los portugueses, que Galicia les pilla muy a mano.

Ni de los franceses, que son capaces de colocar post incunables entre las vigas.

Ni de los mexicanos que los vuelos están baratos y la distancia no es una excusa.

Y los encargados de la Biblioteca Complutense tampoco se libran de la sospecha, que el la ilusión que ponen en su blog deja entrever la pasión por los libros.

Y por cierto que me interroguen a mi, que lo primero que pensé fue: «¿Cómo no se me ha ocurrido esto a mi, antes?»

Luego ya pensé un poco menos transtornado y espero que aparezca íntegro pronto y que se restituya a la Catedral de Santiago con más seguridad.

Saludos a todos los presuntos.