No tiene la misma fuerza que Llamadme Ismael, pero tampoco es ésta una historia épica, sino esperpéntica, más concretamente autobioliteroesperpéntica.
Creo que la longitud del neologismo se puede tolerar por la exactitud con la que queda definido el término: «Hechos y situaciones ridículas de un personaje de ficción relacionadas con la propia experiencia vital».
El asociar el nombre de Avelino con un personaje de una telecomedia española añade connotaciones todavía más esperpénticas.
Pero, como decía Jack el Destripador, vayamos por partes:
Fue Don Diego Mallén el que me puso tras la pista
de este estrambótico personaje, leído obligatoriamente en el bachillerato y olvidado de una manera que no creía posible.
En su entrada destaca la espeluznante costumbre de este personaje de lanzar sus libros adquiridos por un hueco de su librería, a la que ya no tenía acceso. Imágen horripilante, tan sólo tener libros y no disfrutarlos.
Releyendo este libro (Aventuras, inventos y mistificaciones de
Silvestre Paradox, de
Pío Baroja)
para añadir contenido a
la entrada de Bibliomanía en la Wikipedia
me encuentro con la desagradable sorpresa de que el protagonista
tiene inquietantes similitudes conmigo. Esto es horror y no
Lovercraft.
Acompañaré con citas literales del libro, no me importa copiarlo aquí, total ¡mi vida es un plagio!
Don Avelino pertenecía a una rica familia valenciana, con
la cual estaba reñido. Era un coleccionador de bagatelas, obstinado y restaurado. Había empezado su vida de coleccionista
dedicándose de niño y de joven a la filatelia;...
Mi afición filatélica empezó con una colección heredada de mi abuela, pero me desilusionó que se hicieran nuevos sellos exclusivamente para coleccionar, me pareció un juego viciado y abandoné la colección en una estantería.
Arriba a la izquierda hay un sello con un valor facial de ¡un cuarto de céntimo de peseta!, o lo que es lo mismo 0,00015 euros, se podrían comprar 6666 sellos con un euro. Creo que es el sello con menor valor impreso de la historia.
... de la filatelia pasó a la numismática,...
Mi afición numismática no fue muy grave (hasta en esto coincido con Avelino). Desde un principio decidí coleccionar las monedas extranjeras que fueran cayendo en mis manos, sin comprar y ni siquiera buscar y de la misma manera atesoro monedas de euro de diferentes países..
...de la numismática a la arqueología
prehistórica, y esta enfermedad o manía de la piedra fue la
que le duró más tiempo y le costó más cara. Recorrió por ella
media España, buscando hachas de piedra, ya de la edad paleolítica, ya de la neolítica. En aquella época, su cerebro no
veía en el mundo más que piedras, piedras por todas partes.
Hubiera deseado que los hombres se convirtiesen en silex tallados o pulimentados, para poder con ellos enriquecer sus
colecciones.
Mi afición por la arqueología prehistórica surgió cuando en una feria anticuaria me di cuenta que se podían comprar artículos prehistóricos, poseer !los primeros objetos tecnológicos producidos!
Así que busqué por Internet y encontré un anticuario holandés que vendía productos certificados. Por cierto estos mismos productos se vendían mucho más caros en España, así que me dediqué a la compra-venta de armas (paleolíticas) y conseguí una colección representativa los periodos de la prehistoria.
El arpón de la edad del hierro (arriba a la izquierda en la fotografía) tengo la sospecha (más bien certeza) de que es un fragmento oxidado de unas tijeras.
La lucerna me juró el vendedor que era del siglo IV, de las seis puntas de flecha que tres son compradas y tres son encontradas ¿serán puntas de flecha o lascas de trillo?, el ammonite es de recolección propia y los dientes me aseguró el vendedor que son de espinosaurio, yo no pondría la mano en la vitrocerámica...
Sobre mi afición por los libros ya he escrito abundantemente, mejor dejo a Baroja sin interrupciones:
...Su último entusiasmo fue el de la bibliografía, chifladura
que tomó como costumbre, y no con gran pasión. Pero como
un hombre, por rico que sea, no puede pensar en reunir los
libros que se han escrito, no sólo en el mundo, sino en un
país, Avelino especificó su manía y se dedicó a formar una
biblioteca de libros en dieciseisavo.
Al principio, los compraba, los leía, ponía un número en
su primera página, una contraseña y un sello, y los colocaba
en la estantería de su gabinete. Habitaba en aquella época en
una casa de huéspedes de la calle de Valverde. Luego empezó
a comprar más libros de los que podía leer; entonces, les cortaba las hojas, les pegaba un número y el sello, pero no los
leía. Deseaba llenar las paredes de su gabinete con libros en
dieciseisavo. Ésta era en aquella época su aspiración suprema,
y compraba tomos sin otro objeto. Pero un día se encontró
con que el fin de su vida estaba realizado. El cuarto se hallaba
ya lleno de libros. Era lógico suponer que se encontraría satisfecho; pues nada, le sucedió todo lo contrario. Salió a la
calle y se encontró sin saber qué hacer. ¿Qué otra ocupación puede tener un hombre que no sea la de comprar libros? se
preguntó. Las librerías de viejo le atraían; ellas eran el imán,
él, el acero, o al contrario. ¡Allá estaban! ¡en dieciseisavo! Pero
no, no; don Avelino tenía voluntad y se marchó a su casa. Al
día siguiente experimentó otra vez la imantación. Se fue acercando al puesto de libros. Tenerlos allá y no poderlos comprar, ¿no era una pena?
Se decidió por fin, se fue a un rincón, se dio explicaciones
a sí mismo, accionó, y viendo que el otro no se convencía, le
llamó imbécil, y cogiendo dos o tres tomos de la librería y
pagándolos, se marchó con ellos. Colocó los libros aquel día
y los siguientes en la mesilla de noche, luego en un baúl,
después debajo de la cama.
Como aquello no podía seguir así, don Avelino pensó seriamente en formar una biblioteca. Tenía un casetón en la
carretera de Extremadura; lo iba a utilizar.
Mandó arreglar la
casa, y gracias a su dirección
inteligente los techos se cayeron,
los suelos se quedaron sin embaldosar, las ventanas sin poner,
y se entraba y se salía en el piso alto por la ventana.
El cuarto de lectura, eso sí, quedó magnífico; había tirado
previamente con ese objeto tabiques, tapiado ventanas y abierto otras en distintos sitios. Un carpintero le hizo
hermosas
estanterías, y ya arreglada la sala para
biblioteca, metió los
libros que tenía en la casa de huéspedes en un carro y se los
llevó al caserón. ¡Qué de cavilaciones no le costó el idear un
plan para ordenar los libros! No encontraba, no encontraba
la marcha. No tenía plan.
Mientras tanto, empezó a colocar los libros de una manera
provisional en los estantes, en la mesa, en las sillas...
Lo malo era que se formaba tal batiburrillo en el cuarto,
que no se podía sentarse allí, ni escribir, ni hacer nada. El
trataba de convencerse a sí mismo de que no tenía la culpa, y
le decía al otro:
Pero si no tengo plan, ¿qué quieres que haga? ¿Que hay
desorden? Eso es lo de menos. Cuando tenga un plan, en un
momento lo arreglo
Y en el suelo de la biblioteca se mezclaban libros, periódicos, listones, tablas.
Un día, a don Avelino se le perdió la llave de la biblioteca.
Al día siguiente se encontró con la puerta cerrada; quiso descerrajarla, pero luego pensó y dijo:
—¿Para qué? Hay una cosa más sencilla
El cuarto tenía un montante. Don Avelino ató sus libros,
siempre de dieciseisavo, con un cordelito, y como
quien dispara una piedra los tiró al interior de la
biblioteca.
—Allí los encontraré —murmuró
Y todas las mañanas, de vuelta de sus compras, hacía
lo mismo: ataba los libros con un bramante y ¡adentro!; porque
es lo que pensaba él: «Cuando tenga un plan, en un momento lo arreglo todo».
Era broma, no me llameis Avelino...